Apenas sobreviví la maratón de NY

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Entre los que corremos maratones, como entre los que comparten cualquier afinidad, las anéctodas saltan una tras otra. Así fue anoche entre los corredores de DSQ y nuestras esposas. Cada quien cuenta su cuento, su momento, su excusa o razón, entre euforia o resignación, alegría o frustración. Y así, yo te voy a contar mi historia de ayer, entre la paz de un profundo alivio espiritual y el inevitable dolor corporal después de terminar una maratón. ¿Me dedicás unos minutos? Vení, pasá al párrafo que sigue.

Primero, lo primero. Vine por mi récord personal y lo logré. ¡Sólo que a la inversa!, pues en lugar de hacer mi mejor tiempo… hice el peor. Un poco antes del kilómetro 30, entre un calambre y otro, tiré la toalla y me enfoqué en terminar, caminando y trotando a como ralamente pude. ¿Me fue mal? Para nada, ¡me fue pésimo!, aunque eso sí, llegué a la meta por mi sexta y última medalla de maratón. Ya había anticipado que no corría más ésta distancia, y si antes tuve alguna duda de mi decisión, después de ayer no tengo una sola.

En mis últimas tres maratones, como en la primera, los calambres han sido mi tortura. Con todo tipo de diferentes previsiones, programas y planes de entrenamiento, mis piernas parecieran decididas a negarse a continuar después del kilómetro veintiocho. A tal extremo ha sido su rebeldía, que en una escena que me hicieron las susodichas extremidades inferiores hasta ambulancia me ofrecieron.

En un día como ayer, calambre tras otro, mis piernas decidieron por excepción no hacerme la escena del engarrotamiento. Creo que para devolverme el favor por haber bajado el ritmo por completo, aunque sí estuve en cámara de tortura por más de diez kilómetros entre caminando y trotando un pesado paso tras otro. Creo que a menudo aceptamos el dolor innecesariamente, como a menudo sucede que nos imponemos metas de otros o unas que no son para uno. Reconozco que en mi caso así lo he hecho con el tema de la maratón.

A diferencia de Twin Cities o Berlín, donde me pregunté muchas veces un ¿qué estoy haciendo aquí? O un ¿de qué se trata ésta voluntaria y martirizante tortura?, ayer en Nueva York yo sabía que corría para cerrar un ciclo. Padecí dolor en mi piernas para llegar a la meta de las 26.2 millas por última vez. Tal vez por ésto, cuando el tiempo deseado dejó de ser una opción, me importó cero el récord, la voluntad desapareció en segundos, las piernas no dieron para más y simplemente me conformé con terminar. Fue una prueba eterna, mientras que cientos de miles de personas gritaban como en otra ironía de la vida: “Go, go!, you’re looking good!”.

La maratón no es para todo el mundo. Yo estoy entre ellos, aunque la haya terminado en seis ocasiones. Mi composición tiene algunas carencias que me llevan a los calambres  y el engarrotamiento. Aunque podría seguir insistiendo en descubrirlas y resolverlas, ya no quiero vivir más con esa presión y me quedaré en el rango de lo que disfruto: me paso a la media maratón. Simple y elegante, en paz y en gratitud, por salud  y J4F, que significa un alegre “just for fun”.

Mi vida como la de todos, está llena de competencias. Hoy en el lunes después de una maratón estoy saboreándome haber decidido no competir más en una zona de mi vida, para darme la licencia del simple gozo por correr. La media maratón es la distancia para mi. Es tiempo de comprenderlo y readecuar mi plan. A la vez, me hace preguntarme si debo readecuar en otras áreas de mi vida también. ¿Me seguís en ésta línea de pensamiento?

“El dolor es pasajero. El abandono es para siempre”, decía un rótulo en la maratón de hace un año en Twin Cities. Ayer vi una adaptación en las calles de Brooklyn: “El dolor es temporal. El orgullo es para siempre”. Coincido y como lo leí apenas hoy, “Mejor hacer algo imperfecto, que hacer nada perfecto”.

De todo se aprende y en cada instante hay una oportunidad para hacerlo. Ayer apenas sobreviví la maratón de Nueva York, aunque termino contándote mi  dulce venganza. En Berlín, Haile Gebreselassie hizo el récord mundial de maratón en 2:03:59. Él me ganó porque yo llegué como dos horas y media después. Él fue el número uno y yo debo haber sido el número 35.000. ¿Lo ves? Contundente. Ayer Haile se retiró de la competencia por una lesión, mientras iba en el pelotón delantero. Es decir, en ésta yo le gané, como lo hicimos todos los que llegamos a la meta también.

Después de una de las más inspiradoras historias del deporte mundial, el gran Gebreselassie, la gazela etíope anunció su retiro de las maratones. Después de una de la más desconocidas y anónimas historias del atletismo, la mía, yo hago lo mismo. 😉

Mientras tanto, así camino hoy:

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