TODO PASA

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Encontré este breve relato en un blog lejano, sin firma ni autor, y sin embargo, con un mensaje que tenés que leer completo!:

Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: – Me estoy
fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores
diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún
mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que
ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para
siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo
del diamante del anillo.Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían
haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos
o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación
total. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de
su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él,
por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un
inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste
le dijo: -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco
el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo
tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era
invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como
gesto de agradecimiento, me dio este mensaje -el anciano lo escribió en
un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas -le
dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás
haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey
perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus
enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos.
Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente
había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no
podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar
el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había
ningún otro camino. De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el
papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso.
Simplemente decía: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Mientras leía “esto también
pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos
que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse
equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de
escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico
desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el
papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y
reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la
capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía
muy orgulloso de sí mismo. El anciano estaba a su lado en el carro y le
dijo: -Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.
-¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la
gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una
situación sin salida.

-Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es
sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones
placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado; también es para
cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último;
también es para cuando eres el primero. El rey abrió el anillo y leyó
el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el
mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba,
pero el orgullo, la egolatría, había desaparecido. El rey pudo terminar
de comprender el mensaje. Entonces el anciano le dijo: -Recuerda que
todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día
y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos
como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza
misma de las cosas.

Todo pasa.

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