El Arte del Desapego

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Reflexiones sobre una habilidad adquirida. Una introducción a publicaciones futuras y una gentil sugerencia a crear tu propia ruta al desapego.
El arte del desapego

Logo ThumbnailMientras escucho Don’t Call por Desire, de una lista en Spotify preparada por mi querido amigo Charlie Ranalli que llamó Retro 80´s, inicio estas líneas acompañado por un Glenlivet y un habano Montecristo frente a la isla Tortuga en el Golfo de Nicoya.

Alex descansa en la cabina principal del bote y la tripulación goza su lounge en el salón. Yo me he apoderado del flybridge y los decibeles suficientes para matizar un momento personal, y que por medio de las teclas en mi iPad comparto ahora con vos.

Apenas ayer terminó octubre y ya se ha pasado más de la mitad del primer día de noviembre del extraño 2020. Hoy ha sido divertido ver fotografías de éste Halloween recién pasado que tuvo la característica propia de ser en medio pandemia. La originalidad y creatividad surgen en medio de la adversidad, de formas que sorprenden y asombran.

Santi lo gozó de azul en un traje que celebra su maravillosa condición física, su disciplina y gozo al mantenerse en forma. Celebraron en Altos de Nunciatura peregrinando entre amigos vecinos del edificio. Hoy llegaron las fotos al WhatsApp y las gozamos muchísimo.

Adri tomó el camino Nintendo con los nietos vestidos de Luigi verde y Mario rojo, mientras que ella y Nacho fueron consistentes con sus inicios de novios y su momento hoy como padres de dos maravillas. Hicieron trick or treat por el elevador y con unas cuantas paradas finamente planeadas; habían gozado antes de música en vivo y mucha energía para prepararlo todo.

Aquí flotando empezó a sonar “Leave as I am” y despega genial. Su título es una divertida casualidad y lo adopto como encarecida petición.  (Emoticon de manos en ruego). De hecho, la regresé al principio para gozarla de nuevo en su introducción.

Anoche además tembló en Costa Rica y tuvimos un movimiento telúrico de 5.7 en la escala de Richter. Dichosamente no hubo daños que lamentar y solo se reportó un meneón que agregó más susto a la noche.

Desde luego que, habiéndose dado anoche una lamentable derrota de mi querido Saprissa contra su archirrival Alajuela, no faltaron los tuits y mensajes que se referían a la Cueva (como se le llama a su estadio) como el mismísimo epicentro del temblor. Perdimos 2-3 y la derrota causa placer a todos quienes rechazan la estirpe del más grande club de futbol de nuestro país. Mantengamos las perspectivas.

He tenido que encender el habano de nuevo. Me distraje con estos párrafos, por lo que en su abandono tomó el curso y destino de cualquiera sin oxígeno: se ahogó. El hielo también se derritió y mi momento ha requerido una pausa para restablecer la composición original. Dichosamente la música sigue bien. Ahora me acompaña Journal of Ardency.

Es realmente fascinante adquirir tan vívida conciencia de la dinámica que nos acompaña, de lo temporal y lo efímero, de todo cuanto fluye y sigue sin detenerse a pensar. Procuro alcanzar el momento con las yemas de mis dedos sobre las teclas, solo para fracasar cada minuto al quedar rezagado a la quietud y el ritmo que me envuelve cambiante a su propia velocidad. El Costa Luna se adelantó mientras el Sol y Luna zarpa también en lo que parece curso de regreso a Los Sueños.

La brisa me acaricia en esta nublada tarde. El verde esmeralda del agua refleja la riqueza gloriosa de nuestra tierra, que gira en su eje mientras recorre su ruta alrededor del sol. La vida continúa y a su paso estamos vos, nosotros, aquellos, todos y yo. Es entonces cuando elijo apagar la música y sentir aún más la naturaleza que me rodea.

El sonido de olas ahora es mi compañía. Al fondo el generador eléctrico dice presente y por supuesto, el tinitus que me acompaña desde hace unos 32 años. Ahora todo parece más quieto. El habano se volvió a apagar. ¡Qué maravilla!

Te he traído hasta acá, si es que no te he perdido, para llegar al alivio y la ansiedad que nos trae una verdad: todo pasa. (La negrita y mayúsculas se incluyen con la intención de elevar su significado y realidad). Aún lo eterno es temporal, y al igual que lo infinito, se suma una secuencia de finales y reinicios.

Todo pasa. Escuché hace unos años que lo decía la Madre Teresa. También me lo dijo un conserje en Los Ángeles a mis 19 años. Todo pasa y así entonces, ¿porqué nos apegamos tanto a las cosas y las relaciones? ¿A qué se debe que necesitemos tanto si todo cambia con tanta velocidad? ¿Nos quedamos o nos vamos?

 

—— ♥ ——

 

Fast Forward una semana y la velocidad de la vida solo se aceleró. Joe Biden es finalmente presidente electo de los Estados Unidos de América, y mientras se realizaban los conteos, mi cuñada Margarita Franco entró al quirófano.

Debían cambiarle una válvula en el corazón para darle años con calidad de vida. Las condiciones que encontraron los doctores fueron de mucho deterioro, por lo que se enfrentaron a una situación inesperada, delicada y tanto así que la operación se complicó hasta lo peor y doloroso: Margie fue oficialmente declarada fallecida en el quirófano. Y lo diré en una frase con el más profundo dolor y triste asombro: se nos fue un ángel.

Cada día nos trae 1,440 minutos de oportunidad para crear valor, hacer una diferencia, desarrollar relaciones significativas y tanto más.

La vida transcurre en un planeta Tierra —que debería llamarse Océano, como bien lo recomienda mi amigo y hermano de vida, José María Figueres— mientras viajamos a 107,280 kilómetros por hora alrededor del sol. ¿Quietos? Nunca.

No gozamos de omnipresencia, por tanto, vivimos en un mundo que nos deja atrás, que nos supera, que crece y se multiplica más allá de la capacidad de comprensión de cada ser humano. Luego, como nos lo recordó Margarita, la vida es un ratito.

Por esto no es difícil comprender que no debemos a apegarnos a nada que no sea esencial. Por los consejos de Marie Kondo y su propuesta de organización del hogar, aprendemos a desprendernos de todo lo que no usamos, no sin antes agradecer su contribución a nuestras vidas.

 

—— ♥ ——

 

Fast Forward y hoy es el primer día de diciembre del 2020. Ayer volamos por primera vez desde marzo para llegar a Vail en Colorado. Ya no publiqué esta nota en noviembre como lo había pensado.

Hecho el punto, si todo pasa a velocidad vertiginosa, de nuevo entonces, ¿porqué nos apegamos tanto? En agosto pasado Martha Debayle publicó en su sitio esta explicación: “Desde la perspectiva de la tradición budista una de las causas principales del dolor, sufrimiento, conflicto e insatisfacción es todo aquello que detona el apego”. Asumo y experimento entonces que el desapego genera lo contrario.

En mi vivencia personal, en el proceso de liberación de todo lo no esencial, he sufrido un ataque crónico de una suerte particular de vértigo intestinal. En las tripas he sentido el vacío que provocan las decisiones tomadas, incluyendo despojarme de compañías, voluntariamente quedarme sin oficina y hasta sin asistente personal, además de lo que ha significado dejar ir símbolos de poder, estatus e influencia.

Nuestra identidad personal se compone de nutrientes y toxinas, de razones y emociones, de realidades y fantasías. El arte del desapego invita a reconocer lo esencial para desechar todo lo demás. Propone eliminar máscaras y corazas, escudos y armaduras, así como los patrones malsanos que nos atrapan. Recomienda aceptarnos vulnerables y descubrir que el amor se consolida en la autenticidad, sin galardones, premios o medallas.

Los pedestales que la sociedad construye para el éxito reputacional y material, se convierten fácilmente en trampas que fijan inseguridades y carencias en ecosistemas idóneos para la codependencia al trabajo, al aplauso y la fama. Cabe mencionar el FOMO (fear of missing out) acentuado por las redes e influencers, que a muchos afecta silenciosamente también. Son pocas las excepciones y solo llegan a confirmar la regla.

Raya en la estupidez apegarse a una compañía, una institución o una organización. Quienes lo sufren por décadas, llegan a pensar que el universo gravita alrededor de su “botella de Coca-Cola”. Luego, cuando son sustituidos por una reorganización o la juventud que viene empujando con fuerza, no saben qué hacer con sus vidas.

Con dolor pienso en un querido amigo y quien por más de cuatro décadas trabajó para DDB. Sucedió lo que era de esperarse y eventualmente fue relevado de su puesto. Luego coincidí con él en un par de ocasiones y nos cruzamos varios mensajes. La última vez comimos sushi y tomamos sake en Bal Harbour. Con profundo pesar, poco tiempo después me notificaron de su suicidio. Su apego a su puesto y a la compañía no le permitió vivir fuera de ella. Debemos aprender de esta fatalidad y pérdida irreparable. La vida es un ratito.

Conozco un caso de un heredero sin educación formal alguna y altas pretensiones al que le enseñaron cómo manejar un negocio llevando unas libretas. A pesar de varios intentos fracasados, vivía apegado a lo único que aprendió y de la única fuente que pudo tomar. La problemática grave se da al comprobarse que era un modelo obsoleto desde que lo asumió.

Pienso en quienes aseguran que de sus trabajos o sus oficios, de su mostrador o su consultorio van a salir en un ataúd con los pies por delante. Esos son niveles de apego tal, que asumen su vida sin sentido de no ser por esa posición, ese puesto o ese negocio. Como si la vida fuera para trabajar, en vez de comprender que se trabaja para vivir. Es preferible movernos de la mentalidad fija a la mucho mejor mentalidad de crecimiento.

Así, entre todas las versiones de apego malsano, pocas pueden ser más dañinas que desarrolladas en nuestras relaciones. Desde la mujer abusada que no se libera de su agresor, hasta quienes viven suertes del “síndrome de Estocolmo” por el convencimiento de que su vida depende del captor.

Recuerdo cuando fui a Topeka, Kansas a denunciar un tal gerente de mercadeo, cliente abusivo y ofensivo con nuestro personal que significaba el 40% de nuestro negocio. No les deben haber parecido faltas graves y en vez de ser reprendido, en Tribu perdimos la cuenta unos meses después. Creí que sería el inicio del fin, aunque por el contrario, fue el principio de la libertad y la integridad ética que alcanzamos.

En el arte del desapego se deben tomar decisiones que permitan ir convirtiendo nuestras vidas en auténticas obras de arte. En mi caso, no habrían sido posibles esas decisiones sin el consejo y la guía de nuestra coach de vida y consejera, psicóloga extraordinaria y fielmente comprometida con ayudarnos a vivir mejor. Encontró nudos y candados, carencias, temores, complejos y tanto más, para ir uno a uno resolviendo y liberando en ese trabajo que nunca termina.

Por esta travesía sumando décadas de lucha y trabajo, llegué a la convicción de que no me define ninguna empresa. Desapego crucial. No me define ningún puesto, oficio o profesión. No me define un título universitario ni un premio o reconocimiento. No me define el tamaño de la oficina o la marca del auto que conduzco. Desapego. No me define mi reloj ni me define la primera clase en un vuelo o el último partido de ajedrez que perdí.

No me define nada de lo anterior, por supuesto, si no lo permitimos. Por esto, decidí no darle autoridad a un edificio, un balcón o un título en mi tarjeta de presentación. Más desapego. No me define nada de todo lo mencionado ni lo que he omitido. No me define un éxito o un fracaso, un error, una torpeza o un arrepentimiento. Nada de esto nos define, y por esto, es contradictorio y difícil de asimilar que al final nos define todo. Y nada si así se elige.

Después de 40 años en negocios, no soy un hombre de negocios. Después de décadas como publicista, no soy más un publicista. Fui locutor y aunque extraño los micrófonos de Radio Mil y Monumental, tampoco me define. No soy. Estoy. No me definen las etiquetas que me imponen ni los cuentos que se dicen. La sociedad no me define y por ello, he dejado de considerarla como antes. Sigo: desapego.

Es que no es lo que hacemos ni lo que poseemos, no es ni el trabajo ni la actividad. Entonces ¿qué nos define?

Nos define quien somos. Nos define nuestro carácter, nuestra generosidad y nuestras pasiones. Es lo que somos realmente y no lo que hacemos casualmente. Y por esto, debería ser muy fácil desapegarnos de todo lo que no nos define.

Me definen mis decisiones. Como ser fiel amigo, padre, esposo, hijo, abuelo y hermano. Nos define ser íntegros y presentes, como también nos define si fuimos o somos ausentes, doble cara o mentirosos. Nos definen los valores y la forma como los hacemos parte constante de nuestra vida. Esto es lo importante y eso no es a lo que finalmente me apego.

La vida vuela y todo está en constante movimiento. En un extraño como el 2020 con pandemia global incluida, se van sumando las personas que dolorosamente mueren por el covid-19. Y cada día que pasa incluye un nombre conocido afectado por este nuevo virus originado en China. Por tanto, ¿tienen sentido tantos apegos?

Al escudriñar en internet me encuentro con tanto sobre el tema que no podría siquiera intentar un resumen. The art of letting go, en inglés, es el título de varios libros, ensayos y ponencias que ameritan tiempo para profundizar. En español, encontraremos mucho también para ampliar la importancia del desapego. Porque lo pasado pasó y el futuro aún no llega. Por esto, es en libertad y armonía que hace sentido una vida más descongestionada, más libre y definida.

Mi recomendación para vos es simple: dejar ir. Por ejemplo, la familia es una elección no una obligación. Y por esto, los hermanos, primos o tíos lo serán siempre, más no necesariamente tienen que ser tu familia. La institución para la que trabajás o el emprendimiento que fundaste, no tiene que ser por siempre tu prisión. El prestigio como profesor o artista, podría mañana serlo simplemente por ser vos. Simplemente uno.

Con la organización que ha requerido una plataforma responsable para la vida, hoy soy simplemente Jorge Oller Alpírez. Lo que eso signifique, lo que implique o proyecte. Por treinta y seis años fui Jorge Araya Alpírez y es parte de mi esencia e historia. Lo que eso signifique. Fui lo que fui, para ser hoy lo que soy. Lo que eso implique, podría ser tema para alguna publicación en el futuro.

Espero contar con el tiempo y la voluntad para compartir cómo he decidido desapegarme de relaciones personales, como las de mi padre biológico, medias hermanas y hermanos. También de conocidos y socios. Igualmente de empresas como Tribu, Bosz, :CAMedia, Dipo, Infirma y otras.

También de cosas y lugares, como Campus Tribu, algo de tierra en Costa Verde o la casa de familia en la que vivimos por 21 años. Así también de organizaciones como Cannes Lions o el Openhouse Project. Igual de algunos hábitos malsanos, creencias fijas y mucho más. Desde una visión general hasta los pequeños detalles, por ejemplo: hacer espacio en el closet.

Me propongo compartir como migré a dejar tronos y púlpitos para elevar la posibilidad de encontrar mi verdadera esencia. Así, descongestionar la vida es permitir alinear nuestros recursos limitados —en especial el tiempo— con las prioridades del corazón. Tenía que dejar de hablar para poder escuchar. Era necesario apartarme de los reflectores que encandilaban la visión. Y por todos estos descubrimientos, estoy profundamente agradecido con mi cabeza inclinada a Dios.

Como era de esperarse en este proceso creativo guiado por diseño, los nuevos márgenes, amplitud y aire fresco abren nuevas posibilidades, inicios y oportunidades en mi vida. Por esto, me he movido de planes y metas a la apertura necesaria para los regalos de vida y libertad personal. Como una evolución natural, es maravilloso todo lo que florece y se ilumina, siendo todas estas emociones mi sincero deseo para vos.

No es resignación, excusa ni derrota sino convicción: tenía que pasar por allá para llegar hasta aquí. Y seguramente ese es tu caso también, por lo que te hago una invitación humilde y cariñosa para que avancés a caminar por tu propia y personal ruta al desapego.

Para concluir y dejarte con una idea final: el arte del desapego puede convertir tu vida en una maravillosa obra maestra.

 

 

Jorge Oller

 

—— ♥ ——

Que Dios te acompañe siempre.

Viví con generosidad, amabilidad y compasión.

Recemos menos y hagamos más.

La vida puede ser una obra maestra.

Seamos agradecidos y tengamos ambición.

Amar. Vivir. Significar. Celebrar.

Gocemos el arte del desapego.

Let’s go!

 

 

 

 

 

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